Después de estar unos cinco segundos mirándonos dije casi llorando:
-Eh... ¡Estás aquí!
Ella se rió con una lágrima ya en la mejilla.
-Y... ¡y tú! -Rió, y nos volvimos a abrazar como locos.
Después de risas, lloros, y y algunas preguntas, llegamos a mi hotel.
Mi habitación era más grande de lo que esperaba.
Abierta y grande, se trataba de una sala con
sofás y un pequeño televisor.
Al lado, mi habitación compuesta por dos camas, y
un escritorio.
–Bueno. Ahora que ya está todo, ¿te invito a
comer? -Dijo Dana.
Me sentía incómodo por ser invitado por "la
chica", pero tampoco podía decir que no.
–Claro, por qué no.
–Pues vamos a mi casa.
***
Dana llamó al timbre, y la puerta fue abierta por
una señora alta y rubia, de más o menos cuarenta años.
–¡Hola! Vaya, tú debes de ser Hugo. Encantada. -Y
me dio dos besos.
–Hola, encantado. –Dije mientras se los devolvía.
–Puedes llamarme Ana, si quieres.
De repente, un silencio invadió la situación.
–Oh, perdón, pasa por favor.
–Mamá... -Dijo Dana avergonzada.
Su casa era como una cualquiera. Siempre había
imaginado que Dana vivía en una casa espaciosa de dos pisos (no sé por qué)
pero era más bien como la mía.
–Mamá, Hugo se va a quedar a comer con nosotros.
-Más que una pregunta, era una afirmación. Como si se lo estuviera suplicando
entre líneas.
–Claro, ningún problema. -Dijo sonriente -¡Javier,
Silvia, ha venido Hugo!
Unas voces se oyeron desde el fondo de la casa,
hasta que un niño pequeño salió de una habitación corriendo diciendo:
–¡A ver a ver a ver, yo quiero verlo! –Llega
hacia donde estábamos nosotros -¿Tú eres el novio de mi hermana?
En ese momento me quedé unos segundos mirándolo
con los ojos abiertos y miré a Dana y a los demás, riéndome.
–¡Eres una mentirosa, Dana, eso por decirme que
no tenías novio! –La dice mientras la golpea en la tripa.
Y mientras todos se ríen, incluida Dana, le
responde:
–¡No, Javi, idiota, es un amigo! –Respondió Dana
apartando sus pequeños puños. –Se va a quedar a comer, así que compórtate, ¿eh?
Javier y Silvia son los hermanos mellizos de
Dana. Me acuerdo que una vez les vi cuando estábamos hablando Dana y yo por
Skype. Los dos tienen cuatro años, y son súper simpáticos y graciosos.
–Mamá, ¿y Silvia? –Le dijo Dana a su madre.
–¡Ay, es cierto! Me olvidé de decirte que está en
el parque con tu padre –Respondió la madre–. Qué raro que no hayan vuelto ya.
–Estarán a punto de llegar. Javi, ayúdame a poner
la mesa, ¿vienes, Hugo? –Dijo mientras se dirigía a la cocina con Javier.
–Sí, claro.
Entramos a la cocina y empezamos a sacar platos,
vasos, cubiertos y demás. Javier llevó los vasos al salón, y entonces nos quedamos solos. No me podía creer que no se atreviera a abrir la boca en todo el
tiempo. Estar a su lado, a apenas cinco centímetros fue algo increíble que
nunca olvidaré, pero apenas hablamos aquel día.
–¿Te gusta la merluza a la plancha? –Dijo por
fin.
–Sí, me encanta el pescado, ¿es lo que vamos a
comer? –Pregunté mientras sacaba cubiertos y miraba a ambos lados.
Poder establecer conversación por fin con ella
fue un gran alivio.
–Sí, mi madre me ha pedido que la haga, pero soy
una torpe, ¿me ayudas? –Dijo mientras sacó una plancha de un armario de debajo
de la vitro cerámica.
Me reí a carcajadas y la dije:
–Tranquila, yo te enseño. Primero…
La expliqué como había que hacerlo y ella
obedeció a cada paso.
–Bien, ahora dale la vuelta. –La expliqué.
–Vale... –Pincha el trozo de pescado con el
tenedor– Ay, cómo… ¡Ay, ay, ay, ay! ¡Ay, se me rompee! –Gritó.
–Tranquiiiiila. –Manejo su mano detrás de ella y
cojo el pescado para darle la vuelta– ¿Ves? No hay que pincharlo, hay que
cogerlo por debajo –Y termino de darle la vuelta– Pues ya está. –Sonrío
mientras suelto su mano y el tenedor.
–Bua, qué bien, no sabes de la que me he librado.
Llego a hacerlo sola y terminamos pidiendo una pizza. ¡Jajajaja! No sabía que
cocinabas tan bien –Dijo mientras me abrazaba.
Sus brazos rodeando mis hombros. No podía haber
nada mejor.
La respondo sonriente:
–No hay de qué. Mi hermana me enseñó desde
pequeño hasta que… en fin, ya sabes. –Respondí mientras terminaba de abrazarla.
–Ah, sí, es cierto… -Dijo triste.
–Tranquila, eso ya está asumido. –Sonreí, aunque
solo fuera para que lo hiciera también ella.
–¡Dana! ¿Está lista la merluza? Silvia y tu padre
ya están aquí –La voz de la madre de Dana sonó desde el salón.
– ¡Ya vamos, mamá! –Dijo mientras cogió la
merluza.– Vamos, el salón es por aquí.
Entramos en el salón, y la pequeña Silvia ya
estaba sentada y el padre quitándose el abrigo.
–Buenas, vaya, tú eres el famoso Hugo, ¿verdad?
Dana nos ha hablado mucho sobre ti. –Me saludó y se acercó para estrecharme la mano.
–Encantado –Le dije sonriente mientras le devolví
el estrechamiento de mano.
–Silvia, ¿no le dices nada a Hugo? –Se acerca a
ella y la mira.
Ella negó con la cabeza sin girarse para mirarme y
su padre se puso muy serio.
–Pobre, le da vergüenza... –Nos mira con una
media sonrisa, pero a la vez se le veía disgustado, y se sentó en una de las
sillas.
–Bueno, a ver qué os parece la merluza. Me ha
ayudado Hugo a hacerla; es un cocinero genial. –Dijo Dana con una sonrisa que
invadía su cara, mientras dejaba la bandeja en medio de la mesa.
Todos me miraron sonriendo, incluso la pequeña
Silvia, que la daba vergüenza estar conmigo al lado, y me puse rojo como un
tomate.
–Bueno, no es para tanto… Mi hermana me enseñó a
cocinar antes de que ocurrió.
–¿Ocurrió? No… no entiendo. –Preguntó el adulto.
–Mi hermana desapareció cuando yo tenía siete
años, y no hemos vuelto a saber nada de ella.
Se quedaron anonadados. Todos excepto Dana, que
ya había sido informada y su cara expresaba tristeza.
–Oh, vaya… siento habértelo preguntado, no tenía
ni idea. –Dijo el padre, mientras puso su mano en mi hombro, como señal de
apoyo.
–No, tranquilos, pasó hace mucho tiempo, y se
supera rápidamente, en serio.
El silencio se apoderó del ambiente.
–Bueno, que aproveche. –Cortó Ana el silencio en
el comedor, mientras cogía un trozo.
Después de ella, todos nos servimos y comimos
mientras hablábamos.
–Bueno, Hugo, ¿desde cuándo hablas con Dana? Yo
sabía que existías hace apenas dos semanas. –Preguntó el padre, mientras se
metía un trozo de pan a la boca.
–Bueno, llevamos hablando, unos dos años y, desde
que la conocí, lo de mi hermana solo ha sido una simple piedra más en el camino.
–Le respondí mientras nos mirábamos Dana y yo sonriendo.
Ana rió y dijo:
–No sabes lo nerviosa que estaba Dana antes de salir
de casa para ir al aeropuerto. ¡No podía con el temblor de sus piernas!
–¡Mamá!... –La cara de Dana parecía un tomate.
Reí a carcajadas y respondí:
–Tranquila, yo estaba igual. ¡O incluso peor!
–Bueno, yo me tengo que ir a trabajar. Adiós chicos.
–Dijo el padre de Dana muy serio mientras se levantaba de la silla y cogía la chaqueta
del perchero.
–Adiós, eh… –No sabía cómo se llamaba.
–¡Salva! –Gritó para que le pudiera oír desde la
puerta principal.
Y la cerró con un pequeño portazo.
–Qué serio estaba, es raro en él… –Me dijo la
muchacha mientras cogía los platos.
Me quedé soñando despierto mirando a la nada
sobre de qué me sonaba ese nombre, hasta que Dana me dijo:
–Hugo, ¿me ayudas con los vasos y cubiertos, por fa? Mi madre ya se encargará del
mantel. –Pidió Dana mientras llevaba una montaña de platos malamente.
–Ay, sí, claro.
Cuando acabamos con todo dijo Ana:
–Dana, ¿queréis ir a buscar a Laura? Antes de que
vinierais llamó al teléfono para decirte que ya había llegado al pueblo.
–¿¡Laura está aquí?! –Gritó Dana entusiasmada.
Me encantaba verla feliz y entusiasmada. Su
actitud ante la vida hacía que volviera a ser niño. Y no me refiero a cuando
tenía siete años.
Dana ya me había contado algo sobre Laura. Han
sido mejores amigas desde que era una pequeñaja.
Una chica rubia, de ojos verdes tirando a azules
de mediana estatura, y con un carácter fuerte y un optimismo de la cabeza a los
pies.
–Valep,
ya tenía también ganas de conocerla. –Respondí sonriente.
–Pues vamos. –Me coge de la mano y me empuja
dando un portazo a la puerta.
–¡Adiós! –Pero ya era tarde– Ay, esta chica…