sábado, 2 de noviembre de 2013

Capítulo uno: COMO UN AVIÓN A PUNTO DE DESPEGAR.

Un pequeño rayo de sol que atravesaba la persiana iluminó mis ojos hasta conseguir despertarme.
Les abrí y me levanté estirando mis brazos.
-¿Dónde estoy? -Dije adormilado.
Pero de repente, me desperté del todo, miré al despertador y eran las ocho y media.
-Uf... qué alivio... -Creía que era tarde y tenía pensado levantarme a las nueve.
Bajé las escaleras hasta llegar al comedor para desayunar. Miré la encimera con desagrado, porque a parte de desordenada, estaba sucia y las pocas patatas que quedaban de ayer las iban a salir piernas hasta llegar por sí solas al cubo de basura.
Desayuné, y, como no había otro remedio, tuve que recoger y limpiar.
-Las nueve; tiempo suficiente para ducharse, vestirse y coger el avión. -Me dije mirando al reloj de la cocina.
Después de la agradecida ducha me puse unos pequeños pantalones y una camiseta fina de manga larga.
Suspiré, cogí la maleta, y salí de casa con un temblor en las piernas que se notaba a kilómetros. 
Entré en el taxi y el viaje al aeropuerto fue largísimo. Tuve una sonrisa de oreja a oreja y el taxista no pudo evitar preguntarme:
-Qué, ¿un viaje importante? -Preguntó amigablemente.
-Muy importante... -Respondí mientras sonreía.
-Entiendo... -Y frenó el coche -Bueno, son 32 euros.
-Claro. -Y le entregué el dinero.
-¡Que vaya bien! -Dijo mientras arrancaba el coche.
-¡Gracias! -Y di media vuelta.
Caminé hasta entrar en el aeropuerto. Me sobraba tiempo y fui a la cafetería a tomar algo, hasta que la megafonía sonó:
"Atención. Queda media hora para que despegue el avión con destino a Málaga. Gracias."
Cogí mi maleta y corrí con el mismo temblor de antes pero acompañado de unos nervios que no eran normales.

Cuando ya estaba sentado en el avión, miré a la ventana y vi cómo el edificio se hacía cada vez más pequeño.
Aunque el viaje en avión duró sólo una hora, el tiempo se me hizo como una semana. Pero en el momento de aterrizar estaba temblando como un loco y la sonrisa que tenía en la cara era de psicópata, pero por fin aterrizó.
Bajé del avión, y no podía creer lo que veían mis ojos.
-¡HUGO! -Una chica corrió hacia mí. 
Sí. Era ella sin duda. Ese pelo largo y negro me hizo saber que era la chica con la que estuve hablando más de un año por Internet. Y ahora, así, de repente, en vez de estar a kilómetros, está a centímetros. Uno de mis grandes sueños se había cumplido, y, aún quedaba mucho por sentir.
Corriendo como locos, nos abrazamos hasta estrujarnos y no pudimos llorar más de alegría en ese momento.
Hasta aquel día pensé que los sueños solo eran sueños, pero... uno de ellos se hizo realidad. Y con ese sueño cumplido, me dieron ganas de renunciar a los otros con tal de estar al lado de la persona más especial del mundo para mí; Dana.
Ese punto máximo que tienes de felicidad en tus hormonas, ese, es lo que más tienes que aprovechar y disfrutar, porque, puede que no haya una segunda vez en la que te sientas el hombre más feliz del mundo.

lunes, 5 de agosto de 2013

Nueve de Agosto

Mientras hacía ansiosamente la maleta, sonó el teléfono.
—¿Hola? —Respondí.
—¡Felicidades! —Contestaron varias voces al unísono.
—¡Os habéis acordado!
—¡Cómo no nos íbamos a acordar, si nuestro pequeñín ya tiene diecisiete años!
—Hola mamá... —Esa voz era irreconocible —. ¿Quiénes están ahí a parte de ti?
—Pues tu padre, el abuelo Pablo, la abuela Petra, la tía Marga, el tío Luis, los pequeños Miguel y Mario...
—¡Vale, vale, lo entiendo! —Reí nervioso.
—Ay, mi niño... ¿Qué tal por Málaga? ¿Te has encontrado ya con esa chica que decías?
—Mamá, ni siquiera estoy en el avión. Estoy todavía en Burgos. —Informé mientras terminaba de doblar las últimas prendas.
—Ah, vale, perdón. Es que, hijo, casi ya ni hablamos... —Mientras mi madre hablaba, se oía a mis primos jugar a la Play Station.
—Lo sé, mamá, pero te prometo que cuando pasen estas dos semanas voy al pueblo, ¿vale?
—Vale, hijo... Bueno, te dejo, que los niños se están peleando. Adiós. ¡Dejad de pelear! —Colgó el teléfono mientras hablaba.
Tras esa larga conversación, cerré mi maleta y la metí debajo de la cama. Sonó mi móvil. Era un mensaje y lo contesté hasta convertirse en una conversación:

Hola Hugo, qué tal? Yo estoy nerviosísima.

Dana! Yo estoy bien, pero cansado.

Claro, yo no estoy cansada porque no tengo que madrugar jajaja

Claro, xD. Tengo muchísimas ganas de verte...

Y yo... Bueno. Te dejo, que tendrás que descansar. Hasta mañana!

Hasta mañana (:


Dejé el móvil en la mesilla y me fui a cenar. Casi no tenía apetito de los nervios, pero aún así, comí un huevo frito y una bolsa de patatas. Después de recoger la cocina, me acosté, pero tardé en dormirme ya que estuve dando vueltas a los acontecimientos que me esperaban al día siguiente.