domingo, 23 de febrero de 2014

Capítulo dos: ESTRECHANDO LAZOS



Después de estar unos cinco segundos mirándonos dije casi llorando:
-Eh... ¡Estás aquí!
Ella se rió con una lágrima ya en la mejilla.
-Y... ¡y tú! -Rió, y nos volvimos a abrazar como locos.
Después de risas, lloros, y y algunas preguntas, llegamos a mi hotel.
Mi habitación era más grande de lo que esperaba.
Abierta y grande, se trataba de una sala con sofás y un pequeño televisor.
Al lado, mi habitación compuesta por dos camas, y un escritorio.
–Bueno. Ahora que ya está todo, ¿te invito a comer? -Dijo Dana.
Me sentía incómodo por ser invitado por "la chica", pero tampoco podía decir que no.
–Claro, por qué no.
–Pues vamos a mi casa.
***
Dana llamó al timbre, y la puerta fue abierta por una señora alta y rubia, de más o menos cuarenta años.
–¡Hola! Vaya, tú debes de ser Hugo. Encantada. -Y me dio dos besos.
–Hola, encantado. –Dije mientras se los devolvía.
–Puedes llamarme Ana, si quieres.
De repente, un silencio invadió la situación.
–Oh, perdón, pasa por favor.
–Mamá... -Dijo Dana avergonzada.
Su casa era como una cualquiera. Siempre había imaginado que Dana vivía en una casa espaciosa de dos pisos (no sé por qué) pero era más bien como la mía.
–Mamá, Hugo se va a quedar a comer con nosotros. -Más que una pregunta, era una afirmación. Como si se lo estuviera suplicando entre líneas.
–Claro, ningún problema. -Dijo sonriente -¡Javier, Silvia, ha venido Hugo!
Unas voces se oyeron desde el fondo de la casa, hasta que un niño pequeño salió de una habitación corriendo diciendo:
–¡A ver a ver a ver, yo quiero verlo! –Llega hacia donde estábamos nosotros -¿Tú eres el novio de mi hermana?
En ese momento me quedé unos segundos mirándolo con los ojos abiertos y miré a Dana y a los demás, riéndome.
–¡Eres una mentirosa, Dana, eso por decirme que no tenías novio! –La dice mientras la golpea en la tripa.
Y mientras todos se ríen, incluida Dana, le responde:
–¡No, Javi, idiota, es un amigo! –Respondió Dana apartando sus pequeños puños. –Se va a quedar a comer, así que compórtate, ¿eh?
Javier y Silvia son los hermanos mellizos de Dana. Me acuerdo que una vez les vi cuando estábamos hablando Dana y yo por Skype. Los dos tienen cuatro años, y son súper simpáticos y graciosos.
–Mamá, ¿y Silvia? –Le dijo Dana a su madre.
–¡Ay, es cierto! Me olvidé de decirte que está en el parque con tu padre –Respondió la madre–. Qué raro que no hayan vuelto ya.
–Estarán a punto de llegar. Javi, ayúdame a poner la mesa, ¿vienes, Hugo? –Dijo mientras se dirigía a la cocina con Javier.
–Sí, claro.
Entramos a la cocina y empezamos a sacar platos, vasos, cubiertos y demás. Javier llevó los vasos al salón, y entonces nos quedamos solos. No me podía creer que no se atreviera a abrir la boca en todo el tiempo. Estar a su lado, a apenas cinco centímetros fue algo increíble que nunca olvidaré, pero apenas hablamos aquel día.
–¿Te gusta la merluza a la plancha? –Dijo por fin.
–Sí, me encanta el pescado, ¿es lo que vamos a comer? –Pregunté mientras sacaba cubiertos y miraba a ambos lados.
Poder establecer conversación por fin con ella fue un gran alivio.
–Sí, mi madre me ha pedido que la haga, pero soy una torpe, ¿me ayudas? –Dijo mientras sacó una plancha de un armario de debajo de la vitro cerámica.
Me reí a carcajadas y la dije:
–Tranquila, yo te enseño. Primero…
La expliqué como había que hacerlo y ella obedeció a cada paso.
–Bien, ahora dale la vuelta. –La expliqué.
–Vale... –Pincha el trozo de pescado con el tenedor– Ay, cómo… ¡Ay, ay, ay, ay! ¡Ay, se me rompee! –Gritó.
–Tranquiiiiila. –Manejo su mano detrás de ella y cojo el pescado para darle la vuelta– ¿Ves? No hay que pincharlo, hay que cogerlo por debajo –Y termino de darle la vuelta– Pues ya está. –Sonrío mientras suelto su mano y el tenedor.
–Bua, qué bien, no sabes de la que me he librado. Llego a hacerlo sola y terminamos pidiendo una pizza. ¡Jajajaja! No sabía que cocinabas tan bien –Dijo mientras me abrazaba.
Sus brazos rodeando mis hombros. No podía haber nada mejor.
La respondo sonriente:
–No hay de qué. Mi hermana me enseñó desde pequeño hasta que… en fin, ya sabes. –Respondí mientras terminaba de abrazarla.
–Ah, sí, es cierto… -Dijo triste.
–Tranquila, eso ya está asumido. –Sonreí, aunque solo fuera para que lo hiciera también ella.
–¡Dana! ¿Está lista la merluza? Silvia y tu padre ya están aquí –La voz de la madre de Dana sonó desde el salón.
– ¡Ya vamos, mamá! –Dijo mientras cogió la merluza.– Vamos, el salón es por aquí.
Entramos en el salón, y la pequeña Silvia ya estaba sentada y el padre quitándose el abrigo.
–Buenas, vaya, tú eres el famoso Hugo, ¿verdad? Dana nos ha hablado mucho sobre ti. –Me saludó y se acercó para estrecharme la mano.
–Encantado –Le dije sonriente mientras le devolví el estrechamiento de mano.
–Silvia, ¿no le dices nada a Hugo? –Se acerca a ella y la mira.
Ella negó con la cabeza sin girarse para mirarme y su padre se puso muy serio.
–Pobre, le da vergüenza... –Nos mira con una media sonrisa, pero a la vez se le veía disgustado, y se sentó en una de las sillas.
–Bueno, a ver qué os parece la merluza. Me ha ayudado Hugo a hacerla; es un cocinero genial. –Dijo Dana con una sonrisa que invadía su cara, mientras dejaba la bandeja en medio de la mesa.
Todos me miraron sonriendo, incluso la pequeña Silvia, que la daba vergüenza estar conmigo al lado, y me puse rojo como un tomate.
–Bueno, no es para tanto… Mi hermana me enseñó a cocinar antes de que ocurrió.
–¿Ocurrió? No… no entiendo. –Preguntó el adulto.
–Mi hermana desapareció cuando yo tenía siete años, y no hemos vuelto a saber nada de ella.
Se quedaron anonadados. Todos excepto Dana, que ya había sido informada y su cara expresaba tristeza.
–Oh, vaya… siento habértelo preguntado, no tenía ni idea. –Dijo el padre, mientras puso su mano en mi hombro, como señal de apoyo.
–No, tranquilos, pasó hace mucho tiempo, y se supera rápidamente, en serio.
El silencio se apoderó del ambiente.
–Bueno, que aproveche. –Cortó Ana el silencio en el comedor, mientras cogía un trozo.
Después de ella, todos nos servimos y comimos mientras hablábamos.
–Bueno, Hugo, ¿desde cuándo hablas con Dana? Yo sabía que existías hace apenas dos semanas. –Preguntó el padre, mientras se metía un trozo de pan a la boca.
–Bueno, llevamos hablando, unos dos años y, desde que la conocí, lo de mi hermana solo ha sido una simple piedra más en el camino. –Le respondí mientras nos mirábamos Dana y yo sonriendo.
Ana rió y dijo:
–No sabes lo nerviosa que estaba Dana antes de salir de casa para ir al aeropuerto. ¡No podía con el temblor de sus piernas!
–¡Mamá!... –La cara de Dana parecía un tomate.
Reí a carcajadas y respondí:
–Tranquila, yo estaba igual. ¡O incluso peor!
–Bueno, yo me tengo que ir a trabajar. Adiós chicos. –Dijo el padre de Dana muy serio mientras se levantaba de la silla y cogía la chaqueta del perchero.
–Adiós, eh… –No sabía cómo se llamaba.
–¡Salva! –Gritó para que le pudiera oír desde la puerta principal.
Y la cerró con un pequeño portazo.
–Qué serio estaba, es raro en él… –Me dijo la muchacha mientras cogía los platos.
Me quedé soñando despierto mirando a la nada sobre de qué me sonaba ese nombre, hasta que Dana me dijo:
–Hugo, ¿me ayudas con los vasos y cubiertos, por fa? Mi madre ya se encargará del mantel. –Pidió Dana mientras llevaba una montaña de platos malamente.
–Ay, sí, claro.
Cuando acabamos con todo dijo Ana:
–Dana, ¿queréis ir a buscar a Laura? Antes de que vinierais llamó al teléfono para decirte que ya había llegado al pueblo.
–¿¡Laura está aquí?! –Gritó Dana entusiasmada.
Me encantaba verla feliz y entusiasmada. Su actitud ante la vida hacía que volviera a ser niño. Y no me refiero a cuando tenía siete años.
Dana ya me había contado algo sobre Laura. Han sido mejores amigas desde que era una pequeñaja.
Una chica rubia, de ojos verdes tirando a azules de mediana estatura, y con un carácter fuerte y un optimismo de la cabeza a los pies.
Valep, ya tenía también ganas de conocerla. –Respondí sonriente.
–Pues vamos. –Me coge de la mano y me empuja dando un portazo a la puerta.
–¡Adiós! –Pero ya era tarde– Ay, esta chica…

sábado, 2 de noviembre de 2013

Capítulo uno: COMO UN AVIÓN A PUNTO DE DESPEGAR.

Un pequeño rayo de sol que atravesaba la persiana iluminó mis ojos hasta conseguir despertarme.
Les abrí y me levanté estirando mis brazos.
-¿Dónde estoy? -Dije adormilado.
Pero de repente, me desperté del todo, miré al despertador y eran las ocho y media.
-Uf... qué alivio... -Creía que era tarde y tenía pensado levantarme a las nueve.
Bajé las escaleras hasta llegar al comedor para desayunar. Miré la encimera con desagrado, porque a parte de desordenada, estaba sucia y las pocas patatas que quedaban de ayer las iban a salir piernas hasta llegar por sí solas al cubo de basura.
Desayuné, y, como no había otro remedio, tuve que recoger y limpiar.
-Las nueve; tiempo suficiente para ducharse, vestirse y coger el avión. -Me dije mirando al reloj de la cocina.
Después de la agradecida ducha me puse unos pequeños pantalones y una camiseta fina de manga larga.
Suspiré, cogí la maleta, y salí de casa con un temblor en las piernas que se notaba a kilómetros. 
Entré en el taxi y el viaje al aeropuerto fue largísimo. Tuve una sonrisa de oreja a oreja y el taxista no pudo evitar preguntarme:
-Qué, ¿un viaje importante? -Preguntó amigablemente.
-Muy importante... -Respondí mientras sonreía.
-Entiendo... -Y frenó el coche -Bueno, son 32 euros.
-Claro. -Y le entregué el dinero.
-¡Que vaya bien! -Dijo mientras arrancaba el coche.
-¡Gracias! -Y di media vuelta.
Caminé hasta entrar en el aeropuerto. Me sobraba tiempo y fui a la cafetería a tomar algo, hasta que la megafonía sonó:
"Atención. Queda media hora para que despegue el avión con destino a Málaga. Gracias."
Cogí mi maleta y corrí con el mismo temblor de antes pero acompañado de unos nervios que no eran normales.

Cuando ya estaba sentado en el avión, miré a la ventana y vi cómo el edificio se hacía cada vez más pequeño.
Aunque el viaje en avión duró sólo una hora, el tiempo se me hizo como una semana. Pero en el momento de aterrizar estaba temblando como un loco y la sonrisa que tenía en la cara era de psicópata, pero por fin aterrizó.
Bajé del avión, y no podía creer lo que veían mis ojos.
-¡HUGO! -Una chica corrió hacia mí. 
Sí. Era ella sin duda. Ese pelo largo y negro me hizo saber que era la chica con la que estuve hablando más de un año por Internet. Y ahora, así, de repente, en vez de estar a kilómetros, está a centímetros. Uno de mis grandes sueños se había cumplido, y, aún quedaba mucho por sentir.
Corriendo como locos, nos abrazamos hasta estrujarnos y no pudimos llorar más de alegría en ese momento.
Hasta aquel día pensé que los sueños solo eran sueños, pero... uno de ellos se hizo realidad. Y con ese sueño cumplido, me dieron ganas de renunciar a los otros con tal de estar al lado de la persona más especial del mundo para mí; Dana.
Ese punto máximo que tienes de felicidad en tus hormonas, ese, es lo que más tienes que aprovechar y disfrutar, porque, puede que no haya una segunda vez en la que te sientas el hombre más feliz del mundo.

lunes, 5 de agosto de 2013

Nueve de Agosto

Mientras hacía ansiosamente la maleta, sonó el teléfono.
—¿Hola? —Respondí.
—¡Felicidades! —Contestaron varias voces al unísono.
—¡Os habéis acordado!
—¡Cómo no nos íbamos a acordar, si nuestro pequeñín ya tiene diecisiete años!
—Hola mamá... —Esa voz era irreconocible —. ¿Quiénes están ahí a parte de ti?
—Pues tu padre, el abuelo Pablo, la abuela Petra, la tía Marga, el tío Luis, los pequeños Miguel y Mario...
—¡Vale, vale, lo entiendo! —Reí nervioso.
—Ay, mi niño... ¿Qué tal por Málaga? ¿Te has encontrado ya con esa chica que decías?
—Mamá, ni siquiera estoy en el avión. Estoy todavía en Burgos. —Informé mientras terminaba de doblar las últimas prendas.
—Ah, vale, perdón. Es que, hijo, casi ya ni hablamos... —Mientras mi madre hablaba, se oía a mis primos jugar a la Play Station.
—Lo sé, mamá, pero te prometo que cuando pasen estas dos semanas voy al pueblo, ¿vale?
—Vale, hijo... Bueno, te dejo, que los niños se están peleando. Adiós. ¡Dejad de pelear! —Colgó el teléfono mientras hablaba.
Tras esa larga conversación, cerré mi maleta y la metí debajo de la cama. Sonó mi móvil. Era un mensaje y lo contesté hasta convertirse en una conversación:

Hola Hugo, qué tal? Yo estoy nerviosísima.

Dana! Yo estoy bien, pero cansado.

Claro, yo no estoy cansada porque no tengo que madrugar jajaja

Claro, xD. Tengo muchísimas ganas de verte...

Y yo... Bueno. Te dejo, que tendrás que descansar. Hasta mañana!

Hasta mañana (:


Dejé el móvil en la mesilla y me fui a cenar. Casi no tenía apetito de los nervios, pero aún así, comí un huevo frito y una bolsa de patatas. Después de recoger la cocina, me acosté, pero tardé en dormirme ya que estuve dando vueltas a los acontecimientos que me esperaban al día siguiente.